En ocasiones, uno en su labor periodística no tiene más remedio que informar y comentar todo cuanto acontece en el mundo de la fiesta de las fallas. En muchas de esas ocasiones no es plato de buen gusto tener que afrontar la realidad y dar una opinión formada sobre lo que ve y lo que hay en las calles de nuestra ciudad. Me estoy refiriendo a las fallas, y más concretamente a las experimentales.

Para ser sincero siempre había pasado por Corona y poco más, hasta que el año pasado me recomendaron pasar a ver a Xufina. Desde entonces he procurado crear un criterio propio y llegar a entender todo aquello que debido a mi punto de vista clasicista no lograba discernir.

Ese fue un punto de inflexión junto a la exposición de Projecte Encés que me hizo abrir un poco más mi visión quizás cerrada del concepto de falla, lo que sigue pasando hoy en día a muchos falleros y visitantes.

Ideas, filisofía, conceptos que se entremezclan para hacer pensar al espectador en toda la extensión de la palabra, no dejando a nadie indiferente y haciendo que las neuronas se expriman un poquito más de lo que lo hacemos en el día a día. El ser humano parace vivir en un enquistamiento global y momentos como los vividos este año en varias fallas plantadas en Valencia han hecho despertar aún más la curiosidad de quien se piensa neófito en el terreno experimental.

Queda claro pues, que los conceptos que se entremezclan en estas fallas son excelentes en la mayoría de sus planteamientos.

Lo que ya no tengo tan claro es la factura y el acabado de algunas de estas fallas.

No hay más ciego que el que no quiere ver.